eliminar a otros para mantenerse en la cima. Ese es el peligro del mundo actual: una elevación y un descenso continuo que ya ha ocurrido en el pasado. El hombre que intenta destruir a los demás termina, inevitablemente, destruyéndose a sí mismo.
Dios vino para hacernos libres, no esclavos del mundo. Por eso, la única forma de liberarse de esta esclavitud impuesta por el enemigo es reconocer que Dios nos ha dado dones y talentos para que le sirvamos con propósito y humildad, y no para mantenernos en un estado competitivo de querer ser más que todos. Debemos reconocer con humildad que todos somos iguales ante Dios y que Él, y solo Él, es nuestro superior y guía; nada ni nadie más.
Nosotros, en nuestro libre albedrío, decidimos quién nos gobierna: si el afán, la soberbia y la rebeldía del mundo, o la humildad, la paz y el amor de Dios. Liberémonos del estrés y la agitación aceptando que somos servidores de un Dios que es el dueño de todo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario