La valentía del justo frente a la intriga del mundo: Mientras el servidor de Dios camina con gozo, inocencia y buena fe ofreciendo sus dones para salvar al prójimo, a sus espaldas la manada hipócrita se confabula y hace señas en el anonimato, demostrando cómo este mundo ciego prefiere pagar el bien con un gran mal e intentar apagar la luz de la verdad.
Autora: Cira Arroto Fuentes
Fecha de inicio: Martes, 6 de octubre de 2026
Hora de inicio: 12:34 PM
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Les hablo desde el fondo de mi corazón y con la verdad por delante: uno se cansa. Uno se cansa de desgastarse aconsejando a las personas para que al final actúen como un muro de piedra. Es sumamente doloroso ver cómo, entre más busco a alguien para guiarlo y ofrecerle un buen consejo, lo único que recibo a cambio son desplantes y patadas. Me duele ver que si alguien llega a meterles drogas, a ofrecerles guaro, a enseñarles mañas o a usarlos en aventuras, a esos sí los reciben con los brazos abiertos; pero a una, que busca su bien de manera genuina, la rechazan.
La verdad es que el cristiano siempre está como entre la espada y la pared. Es ahí donde una tiene que decidir si prefiere quedarle bien a los seres humanos o quedarle bien a Dios. Hay que ponerlo todo en una pesa: puedo decidir quedarme callada, no aconsejar a nadie y pensar que así me evito problemas en la Tierra; pero sé que un día tendré que pararme frente al Creador y enfrentar la justicia de Dios cuando me mire fijamente y me pregunte: "¿Qué hiciste con tus dones y talentos? ¿Aconsejaste a los demás o qué hiciste con ellos?". No podemos esconder lo que recibimos por miedo. Al dar el consejo, cumplimos con el mandato divino y nos liberamos, porque la sangre de esa persona ya no caerá sobre nuestra cabeza. Sin embargo, al hablar nos arriesgamos a que caiga sobre nosotros la venganza de las personas a quienes aconsejamos, porque no les gustó la verdad, ni les gustó que nadie se metiera en sus vidas a corregirlos. Muchos prefieren callar por comodidad, pero la persona que actúa con esa cobardía no piensa en las consecuencias espirituales: la sangre de todas esas almas a las que no aconsejó por flojera o miedo caerá directamente sobre su cabeza. No hay escapatoria. Si vamos, nos arriesgamos a la maldad del mundo, aunque a veces, por la gracia de Dios, topamos con gente agradecida que sí sabe pagar con un bien. Pero la mayoría de las veces, este mundo ciego prefiere pagar el bien con un gran mal.
Quiero dejar muy claro cuál es mi objetivo como escritora: mi única meta es aconsejar a todas las personas, a mis hijos y a todo aquel que lo necesite. Todo mi trabajo, cada escrito, mis momentos de meditación y las experiencias que vivo son por los demás, para ayudarlos. Si yo logro salir de un problema grande o superar una prueba, mi primer instinto es compartir ese consejo para mostrarle a otros cómo evitar esa misma situación o cómo salir de ella. Pero es sumamente indignante ver cómo la gente toma el trabajo que una hace con tanto esfuerzo y dedicación como si fuera basura, sin darle la más mínima importancia. Ni siquiera lo leen para aprender; entran a mis publicaciones solo por chismear, por criticar y por buscar el punto negro. No analizan el fondo del consejo. Lo que buscan es llegar, leer y ver cómo te pueden encontrar una falla, una debilidad o, peor aún, ¡algo con lo que te puedan demandar! Porque esa es la triste realidad de hoy en día: hay muchas personas que están al acecho para demandar a quien les quiere dar una guía, como diciendo: "Te metiste de sapo, ahora te voy a demandar". Es una barbaridad. Una se acerca de buena fe a darles un consejo para sus vidas, y ellos pagan ese bien con un mal, cogiéndote entre ojos, llenándose de envidia y buscando la manera de hacerle un daño a la persona que vino a extenderles la mano.
Mucha gente piensa que llevar la cruz es solamente trabajar por los demás, hacer obras de caridad, ayudar en un hospital o asistir a un enfermo. Pero están equivocados. Llevar la cruz es mucho más que eso: es tener que poner la cara para darle consejos a personas que son tercas, rebeldes y que no quieren obedecer. Los cristianos sabemos que, quieran ellos o no, tenemos que recibir esos desplantes y persecuciones. Nuestro deber sagrado es esparcir lo que el Señor nos da, esparcir la palabra de Dios, aunque nos tiren casi que encima. En su estado de rebeldía, la gente agarra una mala crianza tan grande que, si pudieran coger la Biblia y tirárnosla en la cara de vuelta, lo harían con gusto. Las personas que uno quiere aconsejar actúan siempre como una barrera. Se ponen a la defensiva y buscan de inmediato cómo devolverle a una la tortilla. Todo lo que una les dice con buena intención, le dan la vuelta para atacar: "¡Ay, usted no sabe lo que hace! Usted me está aconsejando a mí que haga eso y aquello, pero usted no se ve, usted hace esto y lo otro". Usan cualquier excusa para señalar a los demás con tal de no ver sus propias faltas, devolviendo todo el veneno para librarse de su culpa.
Es terrible querer aconsejar a los demás y sentir miedo. Es un temor real, porque muchas de esas personas a las que una quiere rescatar son bullies, son matones y matonas a los que les encanta meter miedo. Pero una, por amor a Cristo y por amor a la humanidad —porque sabemos que el ser humano es la obra más preciada del Creador y que el Espíritu Santo sufre cuando el diablo daña a sus hijos—, saca las fuerzas para ir donde ellos. ¿Y qué hacen? Nos tiran la puerta en la cara, nos dejan hablando solos o traman maldades. El diablo los tiene tan controlados que esas personas no solo se destruyen a sí mismas, sino que quieren destruir al que les lleva la verdad. A mí me ha pasado caminar sola o pasar cerca de ellos y ver cómo intentan jalarlo a uno hacia su grupo. ¡No hay que ir! Lo que quieren es atacar en manada para ver qué te hacen. Son tan astutos que te pueden meter una inyección a escondidas o echarle algo a tu bebida. Te dicen con falsedad: "Tomate este fresquito, vení un momentito, aquí somos panas", solo para desquitarse de que te metes en sus vidas. Quieren meterte en su droga para que caigas tú también. ¿Cuántos casos no hay de personas que fueron a dar un consejo y terminaron atrapadas en el mismo vicio por aceptarles cosas? No se les puede aceptar ni un fresco ni una bebida. Una va a hacerles un bien y ellos te quieren pagar haciendo un daño. No te juntes con personas que están en ese mundo oscuro si ves que te quieren hacer una mala jugada; protege tu vida.
Por eso, si el Señor nos manda a dar un mensaje en un lugar de pecado, debemos recordar el mandato de Mateo 10:14:
"Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies."
Espiritualmente, limpiarse los zapatos al irse es una forma de cuidarse. Es sacudirse la porquería de ese lugar para que no te ensucien a ti. Hay que tener mucho cuidado, porque la gente mala, cuando ve que no te puede arrastrar ni ensuciar a ti, busca cómo desquitarse. Piensan con malicia: "A ella no le puedo hacer daño, pero me voy a desquitar con sus hijos o con otras personas que le duelan, para que aprenda a no meterse en lo que no le importa". Así es la perversión del enemigo; por eso hay que dar el consejo, sacudirse los zapatos y apartarse para proteger a los nuestros.
Estamos viviendo en un mundo donde nadie quiere escuchar consejos. En el momento en que me levanto como servidora de Dios para hablar en contra de todas las cochinadas que están haciendo los homosexuales, las lesbianas y todos esos desviados y locos sexuales, de inmediato saltan muchos con el mismo cuento de siempre: "hay que respetar", "cada quien vive su vida", "todos tenemos derecho a elegir". Usan esas palabras para intentar apagarme y callar la verdad. Pero yo me pregunto: ¿dónde está el respeto de ellos? Ellos no respetan. Lo que quieren es avanzar, abarcar más terreno y moldear a la gente a su forma. Su meta es crear un mundo totalmente desviado, entregado a la loquera de ellos, y no a la manera de Dios.
Ante tanta hostilidad, he tenido que recordar un versículo de la Biblia que es muy fuerte, pero que retrata perfectamente lo que pasa: Mateo 7:6, donde el Señor nos dice:
"No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen."
He aprendido que mi deber como servidora de Dios es dar el consejo con amor y seguir para adelante. Allá las personas si no lo quieren aceptar. Yo no sé cómo hay gente a la que le gustan las personas que andan drogadas o alcohólicas; cuando tienen esa porquería adentro ponen una cara de estúpidos y de estúpidas, y cogen un hablado de pachucos y pachucas adormecidas que da vergüenza. A esa gente no hay que alcahuetearla ni estar chineándola. Bastante les hablaron sus papás, bastante gente les tuvo que hablar mucho en la vida y ellos decidieron desobedecer y ser rebeldes. Ahora, que vengan a ver qué hacen y que busquen cómo se salvan. He visto casos de muchachos que cayeron en eso, y cuando nadie los alcahuetea ni les pasa la mano, solitos se salen cuando la ven fea. Solo cuando la ven fea de verdad, buscan salir por su propia cuenta.
¡Ah, pero eso sí! Cuando ya están hechos pistolas, cuando están todos destruidos, fracasados y revolcados en la miseria, ahí sí andan viendo a ver quién los ayuda; ahí sí andan pidiendo dinero para que les colaboren. Uno los ve después quejándose en los estudios. Salen diciendo: "¡Ay fulano, qué bueno que usted salió bien en el examen! Qué bueno que le fue bien y todo... Es que a mí no se me pega nada, yo no sé qué pasa. Dichoso tú que eres inteligente". ¡Y no! No es que el otro sea más inteligente, sino que ese otro no se fue a tomar el fin de semana pasado ni se drogó todo. ¿Cómo viene una persona toda drogada y toda tomada a estudiar? Viene hecha leña a las clases, y así no se le va a pegar nada. Entre más consuman y más guaro tomen, más se destruyen las células buenas del cuerpo y las hormonas de la inteligencia. ¿Qué pretendían? ¿Que podían hacer lo que les diera la gana con el cuerpo y que después el cuerpo les iba a funcionar como si nada? El cuerpo entra en un pleito tremendo, queriendo aprender, pero la droga viene y le destruye todo. Ya después la persona quiere estudiar y no puede, no entiende nada y dicen: "Es que la cabeza no me da". ¿Y cómo les va a dar si ya se dañaron por dentro con drogas y alcohol? Muchos jovencitos dicen con soberbia: "Ah, yo solo voy a hacer la fiesta un rato y luego me salgo". Pero cuando se quieren salir, ya están hechos pistola; perdieron la mentalidad, las neuronas, y se embrutecieron. Por eso terminan teniendo que agarrar trabajos de pura limpieza o de barredores de parques, porque dañaron tanto su cabeza que ya no les da la mente para más. Eso es lo que los jóvenes no piensan.
Es un engaño del diablo que los quiere convertir en monstruos. Lo veo en la calle: cuerpos transformados, llenos de piercings, drogas y cirugías de silicón por pura vanidad. Yo misma he conocido mujeres que se ponen postizos de nalgas y pechos, y tienen que cambiárselos cada diez años. ¿Cómo saben si van a tener el dinero o la salud para hacerlo en el futuro? Van directo a la ruina, tal como dice la Palabra en Proverbios 7:22:
"Al punto se marchó tras ella, como va el buey al degolladero..."
Me da una profunda indignación ver cómo la gente apoya y les da plata a esos influencers que solo dicen estas estupideces y cochinadas. Peor aún, he visto a creadores de contenido que han cogido como negocio ir a lugares remotos para grabar a la gente más humilde. Buscan provocar lástima, exponen las necesidades más extremas de esos seres vulnerables, toman su video y se van. Se ganan millones con los "me gusta" y el dinero que les llega, mientras la gente comparte pensando que están ayudando a los pobrecitos. ¡Mentira! Están enriqueciendo al influencer, porque esa gente no vuelve más nunca a esos pueblos. Es solo un paseo y un negocio para ellos.
Este sistema está mal acostumbrando a las personas; ahora todo lo quieren de gratis. Lo noto en esos mismos videos: la gente se queda sentada, esperando a ver qué les cae del cielo, sin esforzarse lo suficiente porque piensan que alguien va a llegar a regalarles un montón de dinero. Y hay que tener muchísimo cuidado, porque muchos de los que vienen a dar dinero, mañana lo cobran con creces y con intereses muy grandes. Si yo vengo a darles un consejo para salvar su alma, no lo reciben; pero si viene alguien a darles plata, no hallan ni cómo abrazarlo. Yo se los aseguro: la plata que viene fácil, la gente no la valora. Por eso, yo sigo cargando mi cruz, sembrando la verdad de Dios, protegiendo mi mente y dejando el resultado en manos del Creador.
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